ALGUNAS CUESTIONES RELATIVAS A LA
ESPECIFICIDAD DEL SABER PEDAGÓGICO*
Julia Silber
Introducción
La exposición intenta recoger algunos
conocimientos, experiencias y reflexiones conformadas a lo largo de muchos años de pensar la pedagogía. Aunque a veces
devienen en afirmaciones, nuestra actitud permanente es la de formular
preguntas, acerca de las cuales sólo tendrían validez las respuestas si alcanzáramos algún consenso entre la comunidad de pedagogos. Pero en las afirmaciones o preguntas y en los consensos
esperables, no debería faltar la coherencia con las convicciones. Sería deseable que este evento
se constituya no sólo en una
oportunidad para el intercambio
de ideas sobre la pedagogía –objetivo altamente valioso- sino que también
posibilite pensar desde dónde, con qué criterios ideológico-pedagógicos, puede
nuestro campo de estudios pensar en alternativas deseables y viables
para paliar la crisis educativa que nos afecta.
Resulta difícil pensar hoy en el estado
actual de la pedagogía tal como lo propone el título de este encuentro. A las
preguntas ya clásicas sobre esta disciplina se le suman otras que emergen de nuevas
realidades. Y también le llega el vasto quebrantamiento de paradigmas
epistemológicos que convierte a los
conocimientos hasta ahora inequívocos, en fuentes de interrogantes con enormes dificultades
en la producción de respuestas. En ese marco es posible caracterizar también al
saber pedagógico – tal como lo hace Susana Barco para la pedagogía y
didáctica - desde la incerteza, la duda y la construcción permanente”
(Barco de Surghi, 1988, p. 7).
Sin embargo, no pareciera haber hoy una
preocupación epistemológica en nuestra disciplina.Más bien, la pedagogía estaría allí, depositada en algún estante, esperando ser estudiada, actualizada, modificada, a la espera de lectores
que la vivifiquen. Es como si no existiera. O tal vez no exista: Tal vez sea sólo un deseo, una aspiración,
una utopía, o una nostalgia. O tal vez sea “una pedagogía sobre la cual nada podemos predecir, pero que enseña a pensarnos y sentirnos de otros modos” (Larrosa y Skliar, 2005).
De ahí que los problemas y desafíos a los que me referiré, no serían hoy los propuestos por la pedagogía, sino por
nosotros, los que nos llamamos pedagogos. El título de este encuentro, reformulado, sería entonces
qué problemas y desafíos tenemos los pedagogos y de qué manera estamos aportando a la sobrevivencia y desarrollo
de un saber llamado pedagogía.
Sobre este nivel de profundas dudas, las
preguntas que me formulo en esta oportunidad están lejos de abarcar la totalidad del problema y podrían –exentas de toda
originalidad- enunciarse así:¿Qué clase de saber es el saber pedagógico? ¿Es o
será la pedagogía una ciencia? ¿Qué rasgos persisten en la pedagogía a
lo largo de su devenir histórico? ¿Qué categorías pueden hoy colaborar en
la conformación de su identidad? ¿Cuáles son las relaciones y no relaciones que
mantiene con las prácticas educativas?
1. ¿Qué clase de saber es el saber pedagógico?
1.1. Cuestionar la disciplina pero no perder la mirada
pedagógica
Tal vez el punto “cero” de estas reflexiones deba referirse
al cuestionamiento que se viene
realizando respecto de que el saber sistematizado siga organizándose según las disciplinas
tradicionales, dado que ninguna de ellas puede por sí sola captar integralmente
problemas como la complejidad de la cultura, el fenómeno de la globalización y
aún otros más delimitados como el hambre, la salud, y obviamente, la educación.
Hoy es posible construir nuevas formas de abordaje de los problemas generales o
particulares, a través de prácticas por lo menos multidisciplinarias que
permiten una mirada compleja y permanentemente renovada. En esa encrucijada de
conocimientos, puede arribarse a mayores certezas en la elección de opciones.
Sin que vaya en desmedro de tales pensamientos y acciones,
entendemos que si bien es necesario romper con la prisión en las que suelen
encerrarse las disciplinas y con las fronteras que amarran y confinan cada saber,
no se trata de diluirlas, sino de que se conviertan en portadoras de
interrogantes y de posibilidades desde su mirador particular, desde
una especificidad que sólo cada una de ellas puede esgrimir. Más
allá de los propósitos transdisciplinarios, todavía es posible referirse a
saberes específicos, entendidos como enfoques particulares que convergen en el
análisis de la complejidad de lo real. Así lo sostiene Nassif cuando propone
que la pedagogía se constituya en ángulo de análisis o una mirada que participe
junto con otras perspectivas en la búsqueda de salidas a los complejos
problemas de nuestro tiempo. Y propone que el pedagogo encuentre criterios
e instrumentos adecuados para captar lo educativo en el caudal de fuerzas que
se mueven en la sociedad de hoy. (Nassif, 1967).
La mirada pedagógica ha sufrido dislocaciones en los
encuentros y desencuentros con otras disciplinas, en cuanto admitió
la preponderancia que fueron adquiriendo sucesivas perspectivas (filosófica,
psicológica, económica, sociológica) produciendo confusiones y desvirtuaciones en
el propio campo. Otras perturbaciones
tuvieron que ver con focalizar lo pedagógico en aspecto
sparciales, como serían, sólo por mencionar varios, dar prevalencia
a uno u otro de los protagonistas de la relación educativa, o a
los contenidos, o su transmisión, o a las determinaciones sociales o a los procesos
psicológicos. Ambas situaciones – dejarse apoderar por otras disciplinas o
convertir un rasgo de la pedagogía en “el” rasgo- , produjeron, y producen, a nuestro
entender, reduccionismos y distorsiones porque no ven la totalidad de la problemática pedagógica aun cuando
conlleven significativos aportes.
Claro que en estos recorridos por la complejidad surgen
asimismo problemas como el peligro de caer en el pedagogismo, viendo sólo
prácticas educativas en todas las prácticas humanas. Tal vez sea necesario
recortar la mirada pero sin perder la perspectiva totalizadora, que no se
define por la visión sistémica sino por la multirreferencialidad y sus
contradicciones. Esta cuestión tiene que ver con los alcances teóricos que
demos los pedagogos a la pedagogía: Si al introducirnos en el espacio social amplio entremezclamos indiferenciadamente las prácticas educativas con las sociales,
podremos no encontrar el recodo pedagógico surgido del encuentro de los
condicionamientos e interpelaciones sociales, con los sujetos (Buenfil Burgos).
Sin embargo hoy surge un dilema por cuanto tal proceso, en tanto
particular proceso de configuración de subjetividades, aparece en todo los
espacios sociales. De ser así caben plantearse por lo menos tres
opciones: a) Si el ámbito de la pedagogía se extiende por fuera de
las prácticas pedagógicas más formalizadas podría arribarse al ya mencionado
pedagogismo porque ensancharía sus límites a la tradicionalmente llamada
educación informal[1]; b) Otra opción consiste en reconocer que
la formación anida en todas las prácticas sociales, y desde allí
comprender mejor las prácticas educativas sistemáticas; c) También cabe
pensar en la participación de la pedagogía junto con otras disciplinas sociales
para la interpretación y
orientación de las prácticas sociales, aportando sus categorías, principios y experiencias, para
contribuir al mejoramiento social en cualquier ámbito no específico.
Habría que ampliar y profundizar en estas cuestiones.
1.2. ¿Fue, es, será o debería ser la
pedagogía una ciencia?
Ahora bien, caracterizado el saber pedagógico, como
un enfoque, una mirada ¿cuál será su estatuto epistemológico?. Como
toda práctica social, la pedagogía ha pasado por distintos momentos históricos
en los que su identidad fue definida de diversas maneras. En un primer momento
se la vinculó con la filosofía. Cuando el interés se orientó a comprobar su
cientificidad, a partir del siglo XIX, se la quiso ciencia experimental (Lay,
Meumann) , o ciencia espiritual (Dilthey) o cultural (Rickert) o ciencia
crítica (Carr, Kemmis, Popkewitz), pasando por otras caracterizaciones que
acentúan su impronta ética, llamándola por ejemplo “ciencia de la acción
correcta” (Andreas Flitner). Y también hay quienes la ubican como un
conocimiento tecnológico que presupone conocimientos científicos (Bunge).
En términos más generales, hoy se observan dos posiciones en
la caracterización de la pedagogía como ciencia: Una consiste en sostener que
la pedagogía constituye una ciencia, en cualquiera de los sentidos anteriores,
dar las razones por la que se entiende que ya ha sido demostrado ese carácter y
manifestar preocupación por persuadir a otras ciencias de que realmente lo es.
Otra postura entiende que se trata de una deuda que necesariamente tendrá que
saldarse en algún momento. En ambos casos hay una apuesta a la cientificidad.
Pero también hoy se piensa que no hay elementos suficientes a
la vista que la direccionen en ese camino. Más aún, hay visiones a las que no
les interesa la cuestión. Por el momento nos ubicamos
en esta última perspectiva: Más allá de su carácter científico o no,
nos ocupamos por la índole de saber que
constituye e intentamos sostenerlo. En tal sentido, nos parece acordar con que
constituye un saber teórico-práctico que interviene en forma deliberada para
mejorar las prácticas educativas (mejoramiento entendido desde la perspectiva
que se asuma) (Furlan y Pasilllas, 1994). Si desde esta postura, resulta
factible que alguien entienda que se está configurando como ciencia, o que ya
lo es, no habría razones para renegar o confrontar con esa idea. Pero no nos
aparece esa cuestión –ciencia o no ciencia- como preocupación.
1.3. La pedagogía como saber teórico -
práctico
Para poder entender qué es nuestra disciplina, una primera
respuesta la encuentro en un sociólogo positivista. Durkheim ofreció hace 150
años una caracterización de la pedagogía que nosotros, desde una postura entiendo
que diferente a la suya, sostenemos como la más acertada: La pedagogía es
una teoría-práctica de la educación. Por cierto el acuerdo se produce una vez
definidas, desde otro paradigma, qué es teoría, qué es práctica y cómo se
vinculan ambas.
Ese carácter teórico-práctico ha encontrado
y continúa haciéndolo
hoy, una generalizadacoincidencia en autores de dispares procedencias, que se expresa cuando le atribuyen a lapedagogía
rasgos analíticos a la vez que propositivos[2]. Veamos algunos ejemplos:
-Para Durkheim, la pedagogía es teórica porque reflexiona sobre los sistemas y
procedimientos educativos para valorarlos, y es
práctica porque ilumina y dirige la obra de los educadores. Por ser práctica no
puede ser ciencia. (Durkheim, 1991);
-La teoría de la
educación es concebida por Benner como "análisis y guía
operativa" de la acción pedagógica que se
ocupa de las repercusiones tanto individuales como sociales de la praxis
pedagógica (Benner, 1998);
Para Nassif “... toda pedagogía es, en el fondo, una sistematización
de principios y de normas sobre y para la formación personal” (Nassif, 1982);
-Furlan dice que la pedagogía “...es un campo con
conocimientos y propuestas operativas que tiene el compromiso de mejorar la
educación....” (Furlan y Pasillas, 1944, p.18)
-En el prólogo a su texto Pedagogía profana, Larrosa
enuncia que su libro no es ni un trabajo sistemático ni tiene sentido
práctico, tampoco quiere producir verdades ni conciencia
moral, pero que aspira a producir “efectos de sentido” en el sentido de iluminar y
modificar las prácticas (Larrosa, 2000).
-Svi
Shapiro, desde una posición posmarxista y con base en los aportes de Mouffe y
Laclau, propone
una pedagogía social-intervencionista que en respuesta a los esquemas
propuestos por el neoliberalismo, contiene una cara analítica y contrastadora y
otra creadora, imaginativa y esperanzadora (Shapiro, 1989).
En relación con estos rasgos de la
pedagogía que reúnen simultáneamente teoría y práctica, conocimiento y
propuestas, aludimos a continuación a tres categorías que entendemos pueden
ayudar a extender y profundizar el análisis precedente: educación (que
reservamos para la faz analítica) e intervención y formación (a las que
colocamos en la faz intervencionista y práctica)[3].
2.
Sobre la educación como categoría
diferenciada
La pedagogía es una disciplina que
tiene como campo específico de estudio la educación. Mi idea es reservar, para
los fines de esta exposición, ese concepto, el de la educación, para las que
serían funciones de teorización de la pedagogía diferenciables, con
fines analíticos, de las funciones normativas[4].
Tiene que ver con la idea que la pedagogía tiene fines prácticos pero
proporcionados por principios y categorías que hacen a
su especificidad. La pregunta en relación con esta categoría
podría formularse así: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de educación?
Respuesta: Estamos hablando de las prácticas educativas y de su complejidad. Su
análisis haría decir a Nassif que constituyen un problema poliédrico o
multifacético (Nassif, 1982).
Le interesa a la educación
profundizar en cuestiones relativas a las funciones sociales
de la educación, los tipos de educación que se dan en los distintos
ámbitos de formalización del sistema así como en los informales; los macro y
micro procesos educativos y sus interacciones; la educación,
la historicidad y los proyectos utópicos; lo ético y lo
político; el sujeto y el contexto. Pero este interés
teórico que forma parte de la pedagogía no es –insisto-
contemplativo: tiene como finalidad práctica producir acciones y obtener
resultados definidos como deseables.
Contiene así la pedagogía la doble
tarea de teorización e intervención (Silber, 2000). La educación se localizaría
en la dimensión más reflexiva, teórica y comprensiva de la pedagogía y la intervención
y la formación en la dimensión más propositiva,
normativa, operativa, esperanzadora y utópica. Pero ambas dimensiones son
indisolubles y sólo la finalidad de profundizar el análisis reconoce la
diferenciación.
La idea de pedagogía implica por
lo tanto conocimiento (categoría 1) de las prácticas
educativas, - conocimientos propios y aportados por otras disciplinas- que le
posibilitan construir criterios de intervención (categoría 2) hacia un
para qué indeterminado que constituye la formación (categoría 3).
2.1. Sobre la intervención, sus
variados niveles e intenciones y cómo llegar de lo general a lo particular a
través de “criterios”
Con relación a la intervención, sólo
mencionaremos algunas notas que están lejos de agotar la complejidad del término:
a) los niveles de intervención micro y macro cuya interrelación en los procesos
educativos merecería una mayor profundización que la que se está produciendo en
los estudios actuales; b) la idea de intencionalidad vinculada a acciones de
instituciones sociales no vinculadas con la educación formalizada, y
c) el hipotético valor de los “criterios” como componente clave de la
intervención.
La categoría intervención viene siendo
utilizada tanto en un sentido macro social - así lo hace por ejemplo Shapiro
cuando describe su ya mencionada pedagogía social-intervencionista -
(Shapiro,1989) como en un sentido acotado tal lo
que hace Perez Gomez cuando la plantea sólo para la escuela y propone
dos ejes de intervención: a) el desarrollo de la función compensatoria mediante
el respeto a la diversidad, reconociendo su efecto paliativo y no anulativo de
la discriminación; y b) la reconstrucción del conocimiento y de la experiencia por la que la escuela debería organizar racionalmente
la información fragmentada que traen los alumnos y crear la vivencia de
relaciones sociales democráticas (Perez Gomez,1992).
Por otra parte, algunos interrogantes
parecen girar alrededor de la idea de intencionalidad, antes limitada a la
educación sistemática. Habría por ejemplo que preguntarse no sólo acerca de la intencionalidad
implícita en otros ámbitos formativos -medios de comunicación por ejemplo- sino
también en la que se oculta en el espacio epistémico soterrado
al que se refiere Foucault, en el que se gesta un orden secreto
particular de toda cultura que interviene al margen de la conciencia y de la voluntad
individual y colectiva (Caruso y Lasala, 1996).
Por último, y en relación con este
punto, quisiéramos dar cuenta de un concepto vinculado con la intervención
aunque aún estamos en los inicios de pensarlo. Me refiero a
la idea de “criterio”. George Snyders dice que siempre hay que
efectuar una elección para la intervención, y que ella consiste en
incitar a la interrogación y aprovisionar “criterios” para la opción (en Furlan,
1988). Aunque como acabamos de señalar, no hemos profundizado aún en esta
cuestión, atender a la idea de “criterios” creemos que puede darle una impronta
medular a la acción pedagógica. La idea
decriterio – que tiene que ver con lo científico, filosófico, ético, político- podría hacer viable
diferenciaciones y enlaces con otros componentes pedagógicos y
específicamente, didácticos. Lo percibimos como un posible punto de enlace
entre lo general que aporta el conocimiento, la ética y la experiencia previa,
con lo particular que emerge de una situación educativa[5] No estamos aludiendo a
métodos ni procedimientos didácticos, sino a la construcción de un “desde
dónde” me paro para actuar, para vincular teoría y práctica, para intervenir.
2.2. Sobre la formación, disyuntivas y
subjetividades sobredeterminadas o no.
Como ya señalamos, en el lenguaje
pedagógico las expresiones educación (en el sentido de intervención) y
formación se suelen usar en forma indistinta. No obstante, se reservaría la
primera para hacer referencia a las acciones que se ejercen sobre
los individuos con la finalidad consciente o no de formarlos, y la
segunda para los procesos subjetivos de reflexión y acción que se van
produciendo por la interacción con tales influencias. Así como en la dimensión
más específicamente didáctica se diferencian los procesos
de enseñanza de los de aprendizaje, también en la pedagogía
aparece una preocupación por distinguir “acciones de formación”, de “formación”.
En coincidencia con Nassif, puede
decirse que la formación constituye la categoría central de la pedagogía
(Nassif, 1982). Hoy se encuentra redefinida desde diferentes enfoques
conceptuales. Resulta posible sistematizarlos provisoriamente en dos grandes
grupos: 1) los que ponen el acento en la formación como producción y
transformación de la subjetividad (Ferry, Larrosa), y 2) los que enfatizan la
existencia de una articulación dialéctica entre sujeto y sociedad desde una
perspectiva epistemológicamente crítica (Zemelman, Lizárraga Bernal) .
Dentro del primer grupo, Ferry dice que
la formación es la “forma en que cada uno personaliza la
información que recibe” (Ferry, 1997), un trabajo sobre
sí mismo en un tiempo y en un lugar transicional en
que la realidad queda figurada como representación para poder luego volver a
ella y captarla. Más adelante sintetizará su hipótesis: “...formarse en transformarse en el contacto con
la realidad, y en el transcurso de la formación volverse capaz de administrar
uno mismo su formación” (ídem, p. 69-70). Por su parte, Larrosa se
referirá a la formación como prácticas pedagógicas que no son sino
formas de subjetivación que establecen y modifican la experiencia que uno tiene
de sí mismo. La subjetivación está constituida por las modalidades concretas de
mecanismos discursivos y jurídicos que actúan como dispositivos
pedagógicos en el interior de una configuración
históricamentedada de saber y poder. (Larrosa: 1998).
Representando al segundo grupo,
Zemelman enlaza la formación con la dimensión política de la sociedad en el
sentido de poder pensar la realidad actual, y al mismo tiempo, las maneras como
puede llegar a ser otra en la perspectiva utópica. Alude a un continuo temporal
dentro del cual un sujeto despliega su capacidad de pensar en los espacios
cotidianos de poder en esa zona siempre indeterminada que es la historia.
Siguiendo en buena medida a Zemelman, para Lizárraga Bernal el proceso
formativo constituye un importante mecanismo por el que la subjetividad
emprende el proceso de liberación, a través de la apertura y organización del
razonamiento para la crítica, problematización y conciencia de sí y
del contexto. La entiende como totalidad cambiante, proceso
permanente y resultante en los que se entrecruzan simultáneamente
lo biográfico - nivel psicológico de apropiación individual - con lo
social - el nivel de colectivo de construcción histórica.
En esas dos grandes posturas, las
articulaciones posibles entre lo subjetivo y lo social, refieren a maneras
diferentes en que el sujeto va fabricando su subjetividad: Mientras que en las
primeras, los múltiples modos de interpelación y respuestas ponen en juego
posibilidades inciertas en cuanto a las improntas que puede ir dejando el medio
social en los sujetos, en las segundas, eluso decidido de ciertas categorías daría cuenta de una necesaria sobredeterminación(sobredeterminación
que incluye la indeterminación). En ambas perspectivas, y no obstante
el énfasis que realizan en diferentes cuestiones, tal vez resulte factible
pensarlas no en términos de opción. Por lo demás, no puede dejar de destacarse
que esas lecturas –y también otras- nos muestran claramente la relevancia pedagógica que adquiere hoy el análisis de los procesos
formativos.
3. Otras reflexiones sobre los alcances
prácticos de la pedagogía
Una de las dificultades actuales de la
pedagogía es encontrar niveles de concreción en la práctica. Esta necesidad de
aproximación a la práctica se hace más visible hoy, cuando se nos suele denunciar
a los pedagogos como siendo aquiescentes con la política, como cercanos o
identificados a quienes hoy se conocen como expertos, muchas veces bien
caracterizados como buenos teóricos,
prescriptores de las prácticas y alejados de ellas[6]. Por lo que
pretendiendo apartarme de tal representación, quisiera expresar
por lo menos otras dos ideas respecto del acercamiento teoría –práctica: La
primera tiene que ver con destacar las experiencias prácticas de conformación
de subjetividad durante los procesos de formación y
de ejercicio docente; la segunda con reconocer la presencia interna y
contradictoria de las prácticas sociales hegemónicas en las prácticas docentes
para poder comprender las relaciones de poder que se juegan y poder mejorarlas desde la
revalorización de lo cotidiano.
En primer lugar, entendemos que hay que
valorizar la importancia práctica que a nivel de experiencia de sí –como diría
Larrosa- tiene el futuro docente en su proceso formativo, cuando ya cuenta
con herramientas teóricas para interpretar la realidad. Queremos
decir que hay una relación de la teoría con la práctica que no tiene
que ver en forma directa con la práctica docente, pero sí con los procesos
formativos de los sujetos que están realizando su formación docente.
Consideramos que estas experiencias subjetivas por parte de quienes están
aprendiendo teorías pedagógicas, deberían considerarse un componente
fundamental al momento de pensar la práctica de la teoría. Estamos proponiendo
no entender la práctica sólo como práctica docente sino como práctica de
experiencia subjetiva ya que ésta constituye el sustrato sustantivo que define
la práctica docente.
En todo caso, si bien
entendemos que los pedagogos, como dice Furlan, “debemos hacernos cargo de
los sucesivos fracasos de la pedagogía académica, que ha estado irrealizada en
la práctica de los sistemas escolares de masas...” (Furlan, 1998), también es
cierto que si es la práctica quien valida los resultados de la educación, en
términos de formación, de experiencia de sí, los efectos formativos son
difíciles si no imposibles de evaluar tanto en los sujetos docentes en
formación como los que están en ejercicio de su práctica. No parece así posible
- como lo reclaman Furlan y Pasillas-que la pedagogía pueda “confrontar sus
intervenciones con sus consecuencias, contrastando y valorando "el mérito
axiológico" (Furlan y Pasillas, 1994). Sí es factible intervenir
mediante elecciones valorativas que acompañen nuestras prácticas educativas,
pero se nos vuelve inasible evaluar los efectos formativos de las acciones
educativas[7].
Lo expresado intenta reconocer el
valor de la práctica, y la dificultad de su valoración, en la experiencia del
sujeto que se forma pero de ninguna manera invalida, por el contrario,
complementa, todo intento de acercamiento entre teoría y práctica en los términos
que distintos autores han planteado con tanta solvencia (Freire, Carr).
En segundo término, reiteramos
como necesario y urgente vincular teoría y práctica porque efectivamente la
pedagogía se fue alejando de las prácticas educativas. Pero también queremos
decir que este acercamiento a las prácticas se podría producir de una manera
enriquecida si éstas son concebidas como valiosas no desde el mero practicismo
y la oposición a la teoría, sino desde el entendimiento de que son prácticas
sociales que deberían interpretarse desde la teoría, a la luz de la intrusión
de relaciones de poder en ellas. Así lo señala Lizárraga Bernal cuando dice que
para recuperar las prácticas educativas
primero debemos recuperar nuestra cotidianeidad; y que las prácticas cotidianas
pertenecen al poder que es quien pretende dictar lo que tenemos que pensar, hacer
y sentir. De donde define la práctica como “...el espacio donde el individuo
está en condiciones de reflexionar, evaluar o confrontar la formación adquirida
con la formación posible....”. A esa ambivalencia de la práctica Lizárraga Bernal la llama “encrucijada formativa”, porque razón y
conciencia del individuo se confrontan con los poderes sociales internalizados,
y el individuo pone en juego sus valoraciones para poder optar. (Lizárraga
Bernal, 1998). Lo que estamos queriendo decir es que la pedagogía ha avanzado
al comprender las prácticas educativas como prácticas sociales. Pero obviamente
queda una deuda: pensar cómo pueden enriquecerse y referenciarse mutuamente las
vinculaciones de estos avances de la pedagogía con las prácticas cotidianas de
la enseñanza interpretadas en el entrelazamiento de relaciones de poder.
Conclusiones y (obviamente) propuestas
La exposición intentó recoger
aprendizajes históricos que aún le dan vida e identidad a la pedagogía. También
procuró incorporar nuevos temas e interrogantes.
Hemos sostenido que el devenir
histórico de la pedagogía la ubica como un saber teórico-práctico, que
pretendió constituirse como ciencia desde diversos paradigmas para validar un
status en relación con las otras ciencias; pero que finalmente hoy ya no es
centro de sus preocupaciones su carácter científico o no. No obstante hemos
defendido su especificidad, sin que tal afirmación implique un recorte disciplinario
positivista. Indagamos en categorías que concurren en la conformación de su
identidad: La educación como conceptualización necesaria para conocer el
fenómeno educativo en todas sus
dimensiones y niveles; la intervención y la formación como componentes que son
dinamizados en las acciones intersubjetivas, en las que el poder tiñe una
cotidianeidad que puede o no rebelarse. Por último, hemos señalado que las
prácticas educativas son prácticas sociales que se empiezan a vivir desde las
experiencias subjetivas, que no basta con salir a la escuela ni a la calle para
verlas y aprenderlas. Las prácticas educativas pueden –deberían- estar
vivenciándose en los encuentros permanentes en una clase, por ejemplo
de pedagogía. No hay por lo tanto por qué plantearse sólo la
relación teoría pedagógica - práctica de enseñanza, sino teoría y práctica,
como elementos tal vez más difusos pero de alcances más profundos. Queda en
manos de todos nosotros y de otros nosotros, transitar colectivamente este
laberinto pedagógico, desafiando encontrar, como en la oportunidad que
constituye este evento, salidas compartidas y comprometidas. La finalidad
parece noble: legitimar, consolidar y hacer crecer la pedagogía, para que
puedan comprenderse y mejorarse las prácticas de intervención y
desde ellas, deseablemente, las formativas.
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[1]
Al respecto, hay quienes desde una perspectiva mercantilista, ya están hablando de un proceso de pedagogización de las sociedades, que
emerge de grupos de poder conformados en la sociedad pos industrial. Viñao sostiene que las funciones de socialización,
formación y transmisión de conocimientos se asignan a agencias, empresas
o instancias privadas ajenas al sistema educativo formal y trae a colación una
tesis planteada por otros autores según la cual “está acaeciendo una
progresiva “escolarización” o “pedagogización” de aquellos ámbitos de socialización y formación ajenos al
sistema educativo formal. (...) En síntesis, no están surgiendo nuevos modos de
socialización y educación, sino que, al contrario, lo que está sucediendo es
que las formas escolares han sido adoptadas por las agencias educativas no
escolares como las únicas formas posibles y legítimas de
configurar socialmente las actividades formativas. (Viñao, 2002).
[2]
Para Zemelman,
conocimiento o análisis y proposición deberían ser rasgos propios de todas las
ciencias sociales a las
cuales critica por estar hoy más comprometidas en explicar que en comprometerse
(Zemelman,1999). “El conocimiento tiene que ser un conocimiento que tenga un
sentido de intervención, que en la realidad que tengo delante pueda reconocer
espacio de intervención. (Zemelman, 2004)
[3] Rogamos que
sean tomadas como lo que entendemos que son: esbozos de ideas para seguir
pensando la pedagogía
[4] También a la educación se le suele
otorgar sólo un sentido equivalente al de influencia, de acción sobre el otro,
diferenciándola de formación. Así la entiende Benner (1998) cuando distingue a
la educación - entendida como acción educativa consciente, influencia
intencional- de formación concebida como el efecto de esa acción que se
manifiesta en la praxis pedagógica (acción de los individuos sobre la
sociedad). También aparece esta distinción en algunas producciones: como Reflexión
ética en educación y formación, AAVV (2000), Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A., Bs. As. En este trabajo
se propone denominar “intervención” a esa acción consiente e intencional.
Por otra parte, es común referirse a la formación como equivalente a educación.
En esta exposición intentamos una diferenciación de los tres términos teniendo
en cuenta que así surge de las lecturas de las últimas producciones y
porque entendemos que aportan a un sentido comprensivo, no imperativo, de
utilización de los términos. Por lo que tampoco se trata de definir al “objeto”
en un sentido positivista como podría pensarse sino de facilitar la
comunicación, por lo menos, entre los pedagogos.
[5] Sin utilizar este concepto, Carr refiere
a “principios de proceder” como “medio” específico para la prosecución de
fines. Remite a la phronesis, término que se encuentra en la
encrucijada entre el conocimiento ético y el juicio práctico, entre lo
“general” y lo “particular”, entre la teoría y la
práctica. (Carr, 98)
[6] Sobre la relación expertos y pedagogos
puede consultarse el texto Viñao, Antonio (ob.cit)
[7]
Esta última referencia puede
vincularse a algunas interesantes
reflexiones que al respecto
realiza Antelo alrededor de la indeterminación del resultado
que contiene toda intervención (Antelo, 2005).
Super artykuł. Pozdrawiam serdecznie.
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